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Growth Equity: la forma de financiación para crecer sin perder el control de tu empresa

Xavier Ulloa 2 jun 2026

Vender no es la única salida cuando una empresa crece

Cuando una empresa llega a cierto punto de madurez, la pregunta del millón aparece casi inevitablemente: ¿vendo o sigo adelante solo/a? El growth equity es una alternativa que muchos empresarios y empresarias desconocen y que permite obtener capital para crecer sin necesidad de ceder el control ni cerrar la puerta a una venta futura.

¿Qué es el growth equity?

A diferencia de otros perfiles de inversión minoritaria—donde la persona inversora puede entrar como minoritaria pasiva, tomar una posición mayoritaria asumiendo el control de la gestión, o adquirir la totalidad de la empresa—, la diferencia entre el growth equity y private equity radica en que el primero ocupa un lugar específico: se trata de una inversión minoritaria con implicación activa, pensada para acelerar el crecimiento de una compañía consolidada. La parte inversora aporta capital —y a menudo también red de contactos y experiencia— a cambio de una participación accionarial, habitualmente entre el 15% y el 40%, sin asumir el control de la gestión. Es como tener un socio/a financiero que cree en tu proyecto, te da recursos para acelerar, pero no se sienta en la cabecera de la mesa.

¿Cuándo tiene sentido el growth equity?

Este tipo de financiación empresarial encaja especialmente bien cuando la empresa ya genera ingresos recurrentes y tiene un modelo de negocio probado, pero necesita capital para expandirse —nuevos mercados, talento, tecnología o adquisiciones— sin endeudarse en exceso. También es una buena opción para quienes quieren vender participación en la empresa sin perder el control: en otras palabras, "sacar dinero de la mesa" sin cerrar el capítulo.

¿En qué se diferencia de un préstamo bancario?

La deuda bancaria hay que devolverla con independencia de cómo vaya el negocio. La parte inversora de growth equity, en cambio, comparte el riesgo: gana si tú ganas.

Lo que conviene tener en cuenta antes de dar el paso

No todo son ventajas. Incorporar una persona inversora de este perfil implica mayor transparencia y rendición de cuentas: informes periódicos, métricas de gestión y, en muchos casos, un asiento en el consejo de administración. Quien lidera la empresa debe valorar si está preparado o preparada para esa disciplina y si la visión a largo plazo está alineada con la de la parte inversora. 

Otro aspecto clave es la valoración de empresa. Aquí se negocia un precio para la compañía, no una tasa de interés. Una valoración mal fundamentada puede provocar que se ceda más participación de la necesaria. Contar con una persona asesora financiera independiente en esta fase no es un lujo, es una garantía.

¿Qué ocurre en el momento del exit?

Los fondos de growth equity suelen tener horizontes de inversión de entre 4 y 7 años. Pasado ese tiempo, buscan una salida: una venta total, una fusión o una salida a bolsa. Esto significa que quien elige esta vía debe tener claro que, en algún momento, habrá una venta de la compañía, aunque en condiciones más favorables que si hubiera vendido hoy, porque la empresa habrá crecido con el apoyo de la parte inversora.

En definitiva, el growth equity no es la solución para todas las empresas, pero sí una herramienta muy potente para aquellas con ambición de escalar que no quieren hipotecar su independencia a corto plazo. Antes de tomar cualquier decisión, conviene hacer un análisis riguroso de la estructura de capital, la valoración y las implicaciones fiscales de la operación.

¿Estás valorando la entrada de un inversor en tu empresa? ¿Qué pesa más en tu decisión: mantener el control o acelerar el crecimiento? No hay una respuesta universal: cada empresa, cada persona al frente del negocio y cada momento exige un análisis propio.

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