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Las personas tipo “T” en un mundo complejo

David Martínez 17 marzo, 2021

Constantemente oímos que estamos en un mundo cada vez más complejo. Nos cuesta entender lo que está ocurriendo y nos preguntamos por qué ocurren las cosas de manera distinta a como estamos acostumbrados.

Si desgranamos el sentido de esta complejidad quizás será más fácil saber cómo ubicarnos o qué herramientas o habilidades debemos potenciar para poder ser más adaptables a los continuos cambios que se producen en nuestro entorno.

En primer lugar, es importante reconocer que no es lo mismo complejidad que complicación. Lo complicado lo podemos dividir en diferentes partes para poder alcanzar su comprensión. Sin embargo, lo complejo no puede dividirse, ya que es como una malla de elementos    heterogéneos e interrelacionados entre sí, que no es posible comprenderlos individualmente en el caso de poder separarlos.

Para navegar en lo complejo es necesario aceptar la incertidumbre y lo imprevisto. Cuanto más complejo es un fenómeno, más incertidumbre genera y, por consiguiente, no tenemos manera de prever, con cierto grado de seguridad, su comportamiento.

Lo complejo es altamente mutable y esto quiere decir que puede cambiar en cualquier momento sin seguir una regla preestablecida y/o reconocible fácilmente. Esto hace que nos cueste entender y nos sorprenda ver cómo se comportan nuestras organizaciones compuestas de personas e incluso los ecosistemas que están sometidos a cambios constantes.

Otra característica de lo complejo que nos cuesta aceptar a los humanos es que estamos constantemente trabajando en procesos inacabados. Interactuamos con protocolos y reglas que están en constante transformación, lo cual provoca que tengamos que adaptarnos a nuevas formas de actuar y debamos cambiar frecuentemente nuestra estrategia.

Un tema curioso que nos aporta la complejidad es que aflora nuevas combinaciones de elementos o patrones de comportamiento que no conocíamos y que ponen de manifiesto nuevas propiedades, nuevas capacidades, nuevos negocios, nuevas formas de hacer que no existían cuando estos elementos o patrones se contemplaban de forma aislada. Esto parece evidente cuando creamos una nueva partitura, pero en el mundo empresarial la complejidad está generando nuevas melodías que rompen con los modelos clásicos de comportamiento del mercado.

Lo complejo rompe el equilibrio de las cosas, porque lo incierto, lo imprevisible y lo inestable imposibilitan ese equilibrio. Precisamente esa inestabilidad que tanto nos desconcierta es lo que nos impide poder realizar previsiones a medio plazo que tantas veces hemos utilizado y nos han ayudado en otros momentos.

Ciertamente, la complejidad ha llegado para quedarse. Entonces, en este nuevo entorno, ¿qué conocimientos serán necesarios y qué personas serán las mejor preparadas?

Ante esta gran pregunta algunas grandes compañías están empezando a valorar muy seriamente la posibilidad de seleccionar y contratar a personas denominadas del tipo “T”. A diferencia de un experto en una cosa (que es aquel que se identifica como el tipo “I”) o una persona generalista que es aquella que sabe de todos los oficios, pero no es especialista en ninguno, una persona del tipo “T" es aquella que, aun siendo competente en un área, es hábil en muchas otras.

El tipo “T” es una metáfora utilizada para describir las habilidades de las que disponen personas con unas competencias o conocimientos determinados. Según aparece muy bien definido en Wikipedia, la barra vertical de la letra “T” representa la profundidad de las habilidades y experiencia obtenida en un solo campo, mientras que la barra horizontal es la capacidad de colaborar entre disciplinas con expertos en otras áreas y de aplicar conocimientos en áreas de especialización distintas de las propias.

Las personas tipo “T” están cada vez más demandadas en el mundo laboral, ya que son capaces de ofrecer un enfoque que aporta un alto valor añadido en entornos inciertos y cambiantes. Su visión global e interdisciplinar les permite actuar como conectoras, ser creativas, innovadoras y pueden abordar con mayor facilidad los desafíos cotidianos que tienen actualmente las organizaciones. Son perfiles que se asemejan a aquellas personalidades renacentistas como Leonardo da Vinci que fueron capaces de romper los cánones establecidos de su época desde muy diversas disciplinas al mismo tiempo.

A contrario de lo que podemos pensar, las personas tipo “T” no son ni mucho menos una especie extraña en nuestra sociedad. Son mujeres y hombres que se han formado en su especialidad, pero que poseen a su vez una mente curiosa e inquieta que las ha llevado a profundizar e incluso a dominar muchas otras competencias.

Esta actitud permeable, abierta al conocimiento, con interés por ver el mundo en perspectiva y hacer uso de las intersecciones, de los puentes a la hora de crear, de resolver y de comunicar es necesaria hoy en día para poder dar respuestas en cualquier tipo de escenario.

Las empresas están obligadas a incorporar en su estrategia de negocio aspectos tan diversos como la omnicanalidad, los nuevos modelos de captación de clientes, el big data, la inteligencia artificial, nuevas tecnologías como la realidad virtual, la realidad aumentada y el blockchain. Un abanico tan diverso que es difícil abarcarlo solo con el talento del que dispone la propia empresa.

Es necesario buscar en nuestras organizaciones personas más interdisciplinares que respondan a ese perfil de profesional “T”, para combinarlos y complementarlos con otros profesionales externos capaces de aportar la visión y la experiencia en otras diciplinas y en la gestión de entornos complejos.

El conocimiento y las habilidades únicamente puede adquirirlas el propio individuo. Hasta ahora, nadie puede conocer o aprender por otro. Siendo así, yo utilizaría una frase del filósofo ateniense Sócrates que decía “Solo es útil el conocimiento que nos hace mejores”.

Y yo añadiría, el conocimiento que nos hace ser mejores como empresa es el que nos inspira el deseo de seguir aprendiendo cada día y aquel que incorpora cosas que nos apasionan, que nos hace ser más universales y que nos permite conectar más fácilmente con los cambios que plantea nuestro entorno.

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